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                        En esta parte del relato, damos a conocer diversos documentos, que forman parte de la historia de la “ Santísima Virgen del Carmen de La Legua”.

Carta Pastoral de su
Eminencia Cardenal
Juan Gualberto Guevara

Con Motivo de la Coronación Canónica de la Imagen de la
Virgen del Carmen de La Legua

Nos, Juan Gualberto, del Título de San Eusebio, de la Santa Iglesia Romana, Cardenal Presbítero, Guevara, por la Gracia de Dios y la Santa Sede Apostólica, Arzobispo de Lima y Primado del Perú.

A nuestro Visible Cabildo Metropolitano, Clero Secular y Regular;  y fieles de nuestra Arquidiócesis, Salud y Bendición en el Señor.

Venerables hermanos y amados hijos:

Entre los acontecimientos religiosos celebrados en todo el orbe católico en honor de la Santísima Madre de Dios, después de la proclamación Solemne del Dogma de la Asunción gloriosa de María, en cuerpo y alma a los cielos, se destaca de una manera singular, la celebración del Séptimo Centenario de la entrega del Escapulario del Carmen a San Simón Stock, Superior General de la ínclita Orden Carmelitana.

Este notable acontecimiento mariano, nos da ocasión para dirigir a los fieles de nuestra grey la presente Carta Pastoral, con tanta mayor razón, cuanto que el próximo mes, realizaremos, Dios mediante, la Coronación Canónica de la Venerada Imagen de la Virgen del Carmen de La Legua, aprobada ya por el Sumo Pontífice felizmente reinante.

Ocioso nos parece comprobar el hecho de la gran devoción que en nuestra Patria se ha tenido a la Santísima Virgen María bajo diversas advocaciones que han adquirido la categoría de populares, sea  por el inmenso número de fieles que dan culto a María, o bien por la difusión del mismo en todas las circunscripciones territoriales de la República.

No cabe duda de que entre las grandes devociones que España católica inculcó en los pueblos por ella conquistados, dos son las que sobresalen por su generalización y arraigo, el culto a Jesús Sacramentado y la devoción a la Reina de los Cielos.

Muy alto hablan del primero, la solemnidad con que se celebra la fiesta del Corpus, que en los tiempos de la Colonia asumió suntuosas proporciones; las cofradías dedicadas a honrar a Nuestro Señor en el sacramento del altar; las devotas comuniones, que en estos últimos años han aumentado notablemente; las adoraciones nocturnas que arrastran buen número de fieles y la frecuencia con que hoy se visitan las iglesias donde se conserva el Santísimo Sacramento.

Por lo que respecta al culto de María hay que decir otro tanto. Tan popular era en otro tiempo ese culto que el saludo corriente entre los cristianos era el de “Ave María Purísima; sin pecado concebida”.

Pero ahora mismo basta recorrer los ámbitos de nuestro territorio para darse cuenta de que no hay pueblo por pequeño que sea, en que no se levante un templo, un altar o por lo menos no haya una imagen dedicada a la Santísima Virgen.

No cabe duda también, que las fiestas consagradas a honrar a María, después de las que se celebraron en homenaje al Redentor del mundo, son las más populares y solemnes. Abundan los santuarios donde se tributan espléndidos homenajes a María; sin número son las Cofradías y Hermandades que ostentan las insignias de la Madre de Dios, poderosa y fuerte la devoción que le tienen todos los que profesan la fe católica en nuestra Patria, aun aquellos que por otros conceptos están alejados de la iglesia.

Testimonios elocuentes de esta devoción a María son los santuarios de Cocharcas en Ayacucho, Chapi en Arequipa, la Virgen de la Puerta en Otuzco, del Socorro en Trujillo y las antiguas y arraigadísimas advocaciones de las Mercedes, Patrona de nuestro ejercito, del Rosario, la Candelaria, la Inmaculada Concepción, la Asunta, el Perpetuo Socorro, el Carmen y otras.

Bien merece, pues, el Perú el título de pueblo mariano por la devoción que profesa a la Virgen María.

Motivos poderosísimos tienen los fieles cristianos para honrar en forma especialísima a la Reina de los ángeles y de los hombres, Madre del mismo Hijo de Dios, Corredentora del género humano, Medianera en grado sumo entre Dios y los hombres, Concebida sin mancha de pecado original.

Asunta, es decir llevada en cuerpo y alma a los cielos, verdad católica proclamada recientemente como dogma de fe por el Soberano Pontífice, son títulos más que suficientes para que los fieles de todos los tiempos, desde los primeros siglos del cristianismo hasta el presente hayan visto en María la mujer excelsa vestida de sol, hermosa como la luna, nimbada su cabeza con doce resplandecientes estrellas que contemplara San Juan en mitad del cielo y la honran con tierna y filial devoción en señal de acatamiento y de gratitud.

Y a la verdad que doctrina corriente es entre los teólogos que no hay gracia, no hay don ni socorro alguno que venga de lo Alto que no pase por las manos de María. La historia se encarga por otra parte de atestiguarnos que en las grandes calamidades que han afligido a la Iglesia, María ha sido la Salvadora providencial que alejando el peligro ha devuelto la tranquilidad y la calma al pueblo cristiano.

La cumbre del Tepeyac en México, Pompeya, Loreto, Lourdes, Montserrat, Luján, Copacabana, Fátima y otros lugares más son testigos elocuentes de los beneficios de María a la humanidad doliente, a la vez que magnífico escenario donde la Reina de los cielos recibe las mayores y más singulares muestras de devoción y gratitud.

Entre nosotros la protección de María se ha puesto en evidencia en muchas circunstancias, como lo acreditan los hechos. Y, ¿Quién no ve que María es la mejor y más poderosa defensora de la fe de nuestros mayores contra la propaganda protestante? Si los hijos de Lutero no han avanzado más de lo que ellos quisieran, es debido a María que realiza a cabalidad el título de debeladora de las herejías.

Sin duda alguna que la devoción a María tan metida en el alma de nuestro pueblo, es el obstáculo más poderoso con que tropiezan aquellos hijos de las tinieblas en su sacrílego afán por sembrar en las conciencias el error y la mentira. Pero entre las devociones a María más difundidas entre nosotros, hay una que, si no sobresale entre las demás, por lo menos ocupa preferente lugar en el culto mariano.

Esa devoción es la que se tiene a la Virgen del Carmen. De ella puede decirse que es medularmente popular. Basta tender la mirada por el ámbito de la república para convencernos de esta afirmación. Pueblos, haciendas, minas, rincones perdidos en la inmensidad de las pampas, selvas y montañas, llevan los sugestivos nombres del Carmen o del Carmelo, porque allí se venera seguramente una imagen de la Virgen que lleva este piadoso título.

No hay ciudad, de las que cobijan en su seno a monasterios cenobíticos, que no tenga uno que no lleve ese bendito nombre. Las fiestas del Carmen son verdaderos jubileos por la afluencia de devotos que se apresuran a ganar las indulgencias concedidas al Santo Escapulario Carmelitano.

Ya desde la Colonia comenzó a dibujarse la devoción a la Virgen del Carmen, creció en vigor si cabe decir, en los albores de la república y en los años que han sucedido a la gesta Libertadora.

La Virgen del Carmen fue la inspiradora y el sostén espiritual de los próceres de nuestra independencia. Cuántas veces el Protector San Martín se postro reverente ante la Virgen del Carmen impresa en el tosco lienzo en el histórico pueblo de Huaura.

El propio San Martín la proclamó Patrona de su ejercito haciéndoles prestar juramento como a su Genérala. En el museo bolivariano de esta ciudad de Lima se conservan óleos carmelitanos que recogieron las súplicas del Libertador Bolívar y otros generales por el éxito de la causa de la Independencia. A ella se encomendó Sucre, el Abel de América, la víspera de la batalla de Ayacucho, formulando el voto de levantarle una capilla allí mismo, si alcanzaba la victoria.

El general Castilla elevaba sus plegarias a María del Carmen siempre que iba a emprender una batalla y el héroe de la Breña, Mariscal Cáceres llevaba bajo la chaqueta militar el escapulario carmelitano y mandaba a sus soldados que portasen sobre el pecho esa prenda sagrada.

La legitimidad de la devoción a la Virgen del Carmen y del privilegio que encierra su bendito escapulario se comprueba por la historia y por las consecutivas aprobaciones de los Romanos Pontífices. En efecto, cuando Simón Stock, General de la Orden Carmelitana, se sentía desfallecer por dolorosas pruebas y tribulaciones que aquejaban su alma, acudió a la Santísima Virgen, con lagrimas en los ojos, pidiéndole que viniese en su socorro y que en señal de benevolencia le concediese un privilegio especial para su Orden.

Fue entonces cuando se le apareció la Celestial Señora vestida con el hábito del Carmen ceñida la cabeza con imperial corona, trayendo en sus manos el Santo Escapulario, e imponiéndoselo le dijo: “Recibe, hijo mío, el Escapulario de tu Orden en prueba de mi especial protección y benevolencia, considéralo como un privilegio especial. Por este vestido o librea se han de conocer mis hijos y mis siervos. En él te entrego una señal de predestinación y una como escritura de paz y de alianza eterna y de defensa de los peligros. El que tenga la dicha de morir con esta especial divisa de mi amor no padecerá el fuego del infierno”.

No contenta la Santísima Virgen con la promesa hecha a su siervo Simón quiso mejorar si cabe o refrendar tan singular privilegio. A la muerte del Papa Clemente V, se le apareció al piadoso Cardenal Jacobo de Ossa, devotísimo de Nuestra Señora, y después de anunciarle que sería elegido Papa y que llevaría el nombre de Juan XXII, le dijo lo siguiente: “Quiero que favorezcas a mi Orden de los Carmelitas. Quiero que les anuncies, conforme yo lo he alcanzado del cielo, que los religiosos de ella o los que por devoción, entraren en mi Cofradía del Carmen llevando puesto el Escapulario, guardando castidad conforme a su estado y rezando el oficio divino, o los que no saben leer, absteniéndose de comer carne los miércoles y sábados, alcanzarán el día de su entrada en al Cofradía del Escapulario, remisión de la tercera parte de las penas debidas por sus pecados y en el día de su muerte indulgencia plenaria; y si fuesen al purgatorio, Yo, como Madre de misericordia con mis ruegos, oraciones, méritos y protección especial, les ayudaré para que se libren cuanto antes de sus penas, especialmente el sábado inmediato a la muerte de cada uno y sean trasladadas sus almas a la eterna bienaventuranza”.

Tal es el origen de este inefable privilegio llamado de la Bula Sabatina. Mediante este documento histórico gozan de los antedichos privilegios no solo los religiosos de la Orden Carmelitana sino también todo fiel cristiano que lleve el Santo Escapulario con los debidos requisitos. Han aprobado la autenticidad de la Bula Sabatina, con la suprema autoridad de Vicarios de Cristo, los Papas Alejandro V, Sixto IV y San Pío V, Canonistas de nota como el Santo Cardenal Belarmino y la misma Congregación de Ritos que después de maduro examen llamó al Santo Escapulario celestial prenda de salud, llegaron a la misma conclusión.

Los santos doctores de la Iglesia San Francisco de Sales y San Alfonso María de Ligorio vistieron piadosamente esa librea de María recomendándola vivamente.

A las anteriores aprobaciones debe añadirse las de los Papas Clemente X, Benedicto XIII y Benedicto XIV, gran canonista devotísimo del Santo Escapulario.

El actual Pontífice Pío XII, felizmente reinante, proclamándose cofrade del escapulario desde su más tierna infancia, en carta dirigida al General de la Orden Carmelitana invita a la imposición de esa valiosa prenda con las siguientes palabras: "Entre todas las manifestaciones de devoción que contribuyen de una manera particular a ilustrar las mentes con celestial doctrina y a excitar las voluntades a la práctica de la vida cristiana, debe colocarse ante todo la devoción del Escapulario Carmelitano que por su misma sencillez al alcance de todos y por los abundantes frutos de santificación que aporta, se halla extensamente propagada entre los cristianos”.

No cabe duda, pues, que las devociones marianas que más difundidas están en el pueblo cristiano son el Escapulario de la Virgen del Carmen y el Santo Rosario, con esta diferencia y ventaja que el Escapulario produce sus efectos más allá de la tumba, pues abrevia las penas del Purgatorio y abre más prontamente las puertas de la celestial Jerusalén.

No terminaremos este capitulo de recomendaciones y elogios al Escapulario Carmelitano sin hacer una observación que la consideramos necesarísima. No se crea que por el solo hecho de llevar puesto el escapulario ya se puede estar seguro de la salvación eterna cualquiera que sea el género de vida que lleven sus devotos, así sea bueno o malo, iluminado por la práctica de la virtud o bien oscurecido por la mancha del vicio. Sería un absurdo pensar que alguien pueda llamarse buen hijo de María con solo llevar el escapulario si por otra parte ofende a su Santísimo Hijo con el pecado.

Semejante error llevaría a la conclusión desastrosa de que el Escapulario lejos de ser un estímulo para entregarse a una vida honesta y pura, vendría a ser un incentivo para llevar una conducta licenciosa, lo cual no puede admitirse en manera alguna. El actual, Pontífice previene este error en su citada Carta diciendo: “No piensen los que visten esta librea que podrán conseguir la salvación eterna abandonándose a la pereza y a la desidia espiritual, ya que el Apóstol nos advierte: Obrad vuestra salvación con temor y con temblor”.

Otra de las razones que nos han movido a dar esta pastoral es la proximidad de la Coronación de la Imagen de la Virgen del Carmen de La Legua. Bien sabéis, amados hijos, que en la pequeña iglesia de esa localidad y en los pueblos circunvecinos, se venera desde mucho tiempo atrás una piadosa efigie de la Virgen Carmelitana. Muchos son los milagros y los socorros espirituales atribuidos a esa imagen venerada por aquel piadoso pueblo. De ahí viene la devoción especialísima de sus hijos a la celestial Señora bajo el mencionado título.

Recordamos a este propósito la visible intervención de la Virgen de La Legua en aquella gloriosa noche del 31 de octubre del año pasado, en la que los hombres católicos de Lima dieron un hermoso ejemplo de fe colmando nuestra plaza principal y recibiendo a despecho de respetos humanos la sagrada comunión.

Y volviendo a la coronación, es evidente que estamos en vísperas de un gran acontecimiento religioso mariano. Por una coincidencia providencial ocurre este gran acontecimiento este año proclamado por el Sumo Pontífice Año Jubilar en el cual se ganan extraordinarias gracias y dones espirituales.

Por esto mismo y para que se celebre el mencionado suceso con gran provecho espiritual, hemos dispuesto que se dé una Misión extraordinaria como preparación inmediata de tan feliz evento.

Conviene, pues, que los fieles del Callao donde se celebrará la ceremonia de la coronación, y todos los devotos de la Virgen María en general, concurran a esta Misión y saquen de ella el mayor provecho posible.

Que no todo consista en exterioridades y en demostraciones pomposas de una piedad superficial y de pura apariencia. Hay que ir al fondo del alma, a lo más recóndito del corazón para extirpar el vicio desde la raíz; a la reforma de costumbres, a la restauración de la vida honesta y cristiana a base de frecuencia de sacramentos, especialmente de la confesión y comunión; en suma, a la purificación total de las almas, que en esto consiste la verdadera devoción a la Virgen Santísima.

Quiera la Soberana Reina de los ángeles y de los hombres hacer efectivos estos nuestros deseos; quiera bendecir todos los preparativos que se vienen haciendo para el gran día de la Coronación en el cual, Dios mediante, con la autorización suprema del Soberano Pontífice, ceñiremos con diadema de oro y piedras preciosas la venerada imagen de la Virgen del Carmen de La Legua.

Mandamos que esta Pastoral se lea en todas las iglesias el domingo inmediato a su recepción.

Dada en el Palacio Arzobispal de Lima, el día 8 de setiembre de 1951, fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María.

Juan Gualberto Cardenal Guevara.
Arzobispo de Lima

Ignacio Arbulú Pineda,
Canciller Secretario