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Coronación
Canónica y Pontificia de la
El Sol, radiante aquella mañana del 23 de Setiembre, veía el
recolectar los frutos de la última Semana Misional. Primeras Comuniones,
Matrimonios y Confesiones de “Veteranos Impenitentes”,
convertidos nuevamente en Hijos de Dios, era la preciosa carga que
transportaban los Misioneros en su último día de trabajo. Los
concurrentes a las Misiones recibirían esa tarde la Bendición Papal,
cuando la Virgen del Carmen de La Legua llegara a la Iglesia
Matriz, a donde había de regresar después de una corta estadía en la
Iglesia Parroquial de Santa Rosa. Vino el atardecer y con el vino la Virgen que retornaba bendiciendo a sus hijos. Cientos y cientos de fieles iban en torno de su madre en el último recorrido antes de su Coronación. Llegó a la Plaza de la Iglesia Matriz y antes de entrar se oyó la voz del R.P. Pablo Bernabé, dando las ultimas disposiciones Misionales, a las que puso fin con la Bendición del Padre Común de los fieles.
Tres días después comenzaría la renombrada novena y el 30 de Setiembre vería Ella la Bendición del Manto, los Escapularios y el Vestido para el Niño obsequiados por la Hermandad de Cargadores de Nuestra Señora del Carmen de La Legua, siendo apadrinados por el Ministro de Aeronáutica y Señora, el Señor Alcalde y la Srta. Teresa de Rivero Winder. La Comunión de los Niños Se programó que la Virgen del Carmen no saliera hasta la Víspera del día 7 por la noche, pero no se pensó que Ella se vería precisada a salir, aunque no fuera más que a la puerta del Templo. La razón era que, fuera de la Iglesia, en la Plaza que tiene delante, se celebraba un acto tan simpático y tan gracioso a la vez, que no podía menos de presenciarlo. ¡Y como no, si los que en él participaban eran sus Hijos más pequeños, los más queridos de su Corazón... los Niños!. No podía quedarse dentro, quería verlos y bendecirlos, quería decirles que desde niños debían tener en Ella la más grande confianza y para Ella las más tiernas delicadezas, prenda segura de salvación eterna. Salió, pues, Ella a ver como sus pequeñuelos recibían por vez primera a Jesús, y como los compañeros de colegio de los comulgantes se asociaban a esa fiesta eucarística, recibiendo también ellos el pan de los Angeles. Ella
daría a la Misa de Comunión aquella Solemnidad que tuvo, no vista en
ocasiones semejantes, y Ella pondría en la boca del Prelado Oficiante,
Monseñor Buenaventura de Uriarte, Vicario Apostólico del Ucayali, aquel
fervorín tan elocuente y tan cariñoso, que fue aliento y caricia para
los hijos menores de la Virgen. Tres
mil corazones infantiles sintieron esa mañana la presencia del Corazón
Eucarístico de Cristo que se albergaba en Ellos; tres mil niños que
sintieron dentro de sí el Amor hecho pan, vida, renuncia y sacrificio.
Terminada esa jornada de amor, volvería otra vez la Señora a su Iglesia,
de donde saldría por la noche para ir directamente al Campo de la
Coronación, lugar en el que la esperaba una enorme satisfacción... Ya
veremos cual. Ese
día, la Virgen permaneció en la Iglesia, como quien dice, recibiendo en
audiencia a cuantos imploraron su protección o su clemencia. Vísperas
y Procesión A las 8 de la noche se cantaron las Solemnes Vísperas y a continuación subió al Pulpito el R.P. Redento María O.C.D. Concluido el Sermón, se procedió a la bendición de la Aureola de Plata para las Sagradas Andas de la “Santísima Virgen del Carmen de La Legua”, bendición que apadrinaron el Dr. Luis Giusti y Señora, y, poco después comenzó la procesión hasta el Campo de la Coronación. Si hubiéramos preguntado a la Virgen si esperaba el fervor y entusiasmo que despertó en el corazón de los Chalacos esa ida al Campo, Ella nos hubiera dicho que no, que no esperaba esa noche, porque en verdad que supero los cálculos de los más optimistas. Miles de corazones latían al unísono; miles de personas exultaban al mirar de María; miles de almas unidas en una sola fe y en un solo amor, rezaban, aplaudían y cantaban en aquella noche de cielo. El recorrido no fue grande, que digamos, pues de la Iglesia Matriz hasta el Malecón Figueredo, como es sabido, no hay 500 metros; más fue grande por la devoción y por el fervor manifiesto de la multitud, a la que alentaba por los altoparlantes el Padre Pablo Bernabé. Este mismo Descalzo dirigía poco después, por las Ondas de Radio Callao, un fervoroso saludo a la Virgen, cuando Ella fue Entronizada en el Altar, trono de Amor levantado en su Honor. Mientras se aproximaba la procesión y durante casi toda la Misa de media noche, unos doce sacerdotes, entre Carmelitas y Descalzos, oían en confesión, detrás del Altar, a la gran multitud de hombres que se arrodillaban para confesar sus faltas y obtener la absolución en nombre de Dios. ¡Valiente espectáculo el de los hombres que, al aire libre, sin temor al ridículo ni al que dirán, caían a los pies del confesor, o mejor, en los brazos del Padre Celestial!. Llegaba la Virgen al Altar, fue descendida de las Andas y colocada sobre el Pedestal que ocupaba la parte Céntrica del Gran Altar y lucia el Color y el Escudo del Carmelo. Al ser colocada allí, nuevos aplausos y nuevos vítores para la Madre, nuevas gracias y cariños para los hijos. La Misa de Media Noche En
ese ambiente de manifiesta religiosidad, minutos después de las 12 de la
noche se dio comienzo al Santo Sacrificio, celebrado por el R.P.
Hermenegildo de la Virgen del Carmen, asistido por el Padre Alvaro Díaz,
Descalzo de la Comunidad del Callao. La Santa Misa al aire libre es siempre Solemne; nos recuerda tiempos de más fe, en los que Dios ocupaba el puesto de Honor en la mente y en el corazón de los hombres. Esa noche tuvo caracteres de especial importancia, la presenciaban miles de hombres y mujeres; se oficiaba en el templo de la naturaleza, que tiene por bóveda la inmensidad de los cielos; era un preludio del acto religioso más grande que haya presenciado el Callao de nuestros tiempos y quizá el de todas las edades. A
la hora de la Comunión, 6 Sacerdotes descendieron del Altar y fueron en
busca de los corazones ávidos de fundirse en un abrazo con el Cordero
Inmaculado. Más de 1,500 personas, sin moverse de su sitio, de hinojos en
tierra, recibieron la Ostia de Amor y agradecieron a Dios tan divina
dignación. Los
cánticos religiosos, la unción mística de aquella noche memorable serán
imborrables durante mucho tiempo. Termino el Santo Sacrificio y los confesionarios de la Iglesia Matriz estaban acosados por quienes no querían perder la ocasión de estar en gracia de Dios. La gente recibía la comunión después de la absolución de las faltas. Hasta las 2 de la madrugada estuvo un Padre Descalzo repartiendo la comunión en la Iglesia Matriz. Domingo
07 de Octubre Los que habían asistido a la jornada nocturna se retiraron. Fueron a sus casas con el recuerdo de las gratas escenas vistas, con la miel de la Eucaristía en los labios y en el corazón, muchos de ellos, y con ganas de no perder el acto cumbre de ese mismo día 7, era ya entre la 1 y las 2 de la madrugada. Ellos se iban a descansar, ¡Y la Señora! ¿Descansaría Ella también?. Que lo hiciera, que ya habría como despertarla. Para eso se escogió un canto dulce a su oído y a su corazón, cantando con la frescura del amanecer, con la humedad del rocío matinal. Se canto el Santo Rosario de la Aurora y con él se darían a la “Señora los Buenos Días”, que no hubieran sido dados del todo, de no haber estado seguidos de la Misa del Alba, celebrada por el Reverendo Padre Párroco de Santa Rosa Antolín Rosales. A
esta Misa, comenzaba otra Misa Matinal a cargo del R.P. León Battle,
Carmelita de la Antigua Observancia, con el canto de las “Mañanitas
a la Virgen del Carmen” por el Coro Parroquial de la Iglesia
Matriz y a las 8.30 a.m. se daba la Comunión de los Colegios de San
Antonio en el Campo Central de la Coronación por el Reverendo Padre
William Morris. Los niños volvían a ser los preferidos de la Virgen. Ya
se acercaba el momento de la Coronación. A las 9 a.m. los fieles asistían
a la Misa en la Iglesia Matriz celebrada por el M.R.P. Delegado Provincial
de la Provincia de San Francisco Solano Fr. Joaquín Iturralde, cantada
por el Coro del Colegio Seráfico. Después, según lo convenido, partiría de la Iglesia Matriz la Procesión Portadora de la Corona de Oro y Piedras Preciosas al Campo de la Coronación acompañando de su Eminencia. Los ánimos comenzaron a sentir la aproximación de algo grande, inesperado, a pesar de esperarlo tanto, de algo maravilloso.
Un aspecto de la Carroza y la procesión en la que se transportó la Corona de la Iglesia Matriz al Campo de la Coronación El tiempo, en raro jugar con nuestras esperanzas, se nos antojaba largo y corto a la vez. A nuestras ansias parecía de retardado caminar y a lo que nosotros vimos en lontananza, en pasados meses, de correr acelerado, vertiginoso. No
mucho después de la hora señalada -utópico hubiera sido creer en la
puntualidad de todos y de todo- se dio principio a la Procesión de la
Corona. Pequeñas delegaciones de los Colegios Nacionales y Particulares,
lo mismo que de las Escuelas Primarias, abrían calle. Comisiones,
igualmente reducidas a propósito, de las Instituciones Religiosas de la
Ciudad, iban en segundo lugar; tras estas, las delegaciones de Lima y
Provincias. De intento se pensó en el corto número de cada delegación,
pues no se buscaba la cantidad, que se obtendría sin pretenderlo, antes
bien se busco el simbolismo, en la idea. Como punto Central de la Procesión se veía la Carroza que semejaba una elegante y ligera barquilla, con Angeles por marineros, dando la impresión de ser conductora de alguna de las naves de los mares del espíritu. De blanco y azul los ángeles nombrados, con la inocencia reflejada en los rostros, eran portadores del don de los Hijos de la Madre. Detrás de la carroza iban los miembros del Comité Central Ejecutivo de la Coronación. Después, el Colegio Seráfico de los Padres Descalzos. A continuación, el Venerable Clero y por último, el Delegado Papal con su Corte Noble. Cerraban la procesión las bandas del Ejercito, Marina y Aviación.
El Altar levantado en el Campo de la Concentración Breve fue el recorrido, por la Calle Constitución hasta la Plaza Grau, y de allí al Malecón Figueredo, pasando por la Capitanía del Puerto. Tanto
al paso de la Carroza, como del Delegado Pontificio suscitaban en los
fieles una emoción enorme, ya que todo ello indicaba la aproximación de
la Coronación de María. Era
justificado por lo tanto el entusiasmo de la multitud, que desde por la mañana,
en previsión de falta de lugar había ido estacionándose a lo largo y a
lo ancho del Malecón y de la Plaza Grau. Acta de la Coronación y Juramento de Ley Llegado el Cortejo de Honor al Gran Altar, entre los prolongados aplausos de los asistentes, se procedió de inmediato a tomar al R.P. Andrés Bortolotti Vicario Foráneo el Juramento de Ley y Firmar el Acta de la Coronación. Acto seguido, empezó Su Eminencia a Revestirse con los Ornamentos Sagrados para Pontificar la Misa Solemne. Con él se revestían asimismo, cuantos debían intervenir en la Celebración del Augusto Sacrificio. El
Campo de la Coronación Mientras tanto, séanos permitido echar una mirada al escenario de la Coronación y a sus alrededores. En
el mismo malecón Figueredo, con el mar por fondo, se había levantado un
Altar en todo semejante a los que suelen levantarse en los Congresos Eucarísticos.
Solo que en lugar de la tradicional Cruz Monumental se erguía una Esbelta
Columna Marrón con el Escudo Carmelitano al Centro, sobre la que se
coloco la Venerada Imagen de la Virgen. Gallardetes Papales, Nacionales y
Carmelitas, distribuidos con gracia en torno del Altar, le daban aire de
lujo y de alegría. Al costado derecho del Altar estaba ubicada la Tribuna de la Municipalidad y a la izquierda, las sillas destinadas a los invitados. En frente, a unos 30 metros, se encontraba la Tribuna Oficial. Formando vistoso arco alrededor del Altar se veían las Delegaciones que encabezaron la procesión de la Corona y numerosos alumnos del Colegio Militar Leoncio Prado. Abriendo calle entre la Tribuna Oficial y el Altar estaba una fracción de la Escolta Presidencial. Varios Señores Ministros de Estado, distinguidos Miembros Diplomáticos y altos Jefes de las Fuerzas Armadas ocupaban las tribunas. La multitud se colocó en todo lo restante de la Plaza Grau.
Una parte del Público asistente a la Coronación Estaba ya para darse comienzo a la Solemne Misa Pontifical y parecía imposible materialmente que muchos vieran la Coronación, dado que todos los sitios, hasta una distancia de más de 80 metros, estaban ocupados. Sin embargo afluían incesantemente oleadas humanas por todas las calles que dan a la Plaza Grau y todas desaparecían, engrosándolo apenas perceptiblemente, en aquel mar de gente. El Ejercito y la Policía se sentían impotentes para contener a los espectadores en el sitio señalado. Para
los que conozcan el Callao, bastará decirles que antes de la Coronación
se veía repleto el sitio que hay entre el Malecón Figueredo y la línea
del tranvía interurbano. Además no se veía casa, azotea, ventana en la
que no hubiera espectadores. Con decir que en la misma Pérgola de la
Plaza y en el lejano edificio Ronald
se veían personas ansiosas de presenciar el espectáculo, ya
decimos bastante. Era un verdadero desborde humano. Dos estaciones de
radio, la Callao y la Mundial de Lima, transmitían las incidencias de la
Coronación. La Solemne Misa Pontifical
Su
Eminencia Juan Gualberto Guevara, Delegado Papal celebrando la Y en este clima, caldeado por el Amor a María, con los ánimos suspensos, con el corazón hecho plegaria, se dio comienzo a la Santa Misa, con el Delegado Pontificio como oficiante. Asistían Monseñor Alberto Dettman Obispo de Puno, Monseñor Víctor Alvarez Obispo de Ayacucho, Monseñor Buena ventura de Uriarte Vicario Apostólico de Ucayali, el Obispo Auxiliar de Bogota y el Dimisionario Monseñor Salvador Herrera. El
coro del Colegio Seráfico, el de las Madres de María Auxiliadora y el de
los Hermanos Maristas, tuvieron a su cargo la parte musical. El Presbítero
Basilio Ayerdi fue el locutor de ocasión en esta ceremonia. Llega
el Señor Presidente Constitucional de la República Acabada la Santa Misa, eran las 12 del mediodía llego al Campo de la Coronación el Señor Presidente de la República, General de División Don Manuel A. Odría, al que una Compañía del Batallón 39 hizo los honores correspondientes, siendo saludado por las autoridades presentes.
El Señor Presidente de la República llegando al Campo de la Coronación Minutos después se dirigió al Altar y allí recibió el saludo de su Eminencia y de las Autoridades Eclesiásticas, dándose comienzo a la Coronación que seria apadrinada por él mismo y su Señora Esposa, cuya representación la tendría la Señora del Ministro de Guerra, Doña Isabel de Noriega.
La
gente continuaba llegando de todas las direcciones, ya no eran las 50,000
ó 60,000 almas del comienzo; ahora sumaban de 80,000 a 90,000 las que
deseaban -vano empeño-
presenciar la Coronación. Dijimos antes que el público llegaba
hasta la línea del tranvía; pues bien, en el momento de la Coronación,
sin fijarse si lo que pisaba era pista, jardín o acera, el público había
rebalsado la estatua de Miguel Grau. Y es preciso explicar que si al principio era factible que la gente se moviera, a la hora que estamos describiendo era materialmente imposible hacerlo por más empeño que se pusiera. El
tiempo transcurría y quienes estuvieron de pie al principio ya daban señales
de cansancio, era tan difícil moverse del sitio, y no querían irse sin
ver lo que tanto estaban esperando, resistían, los efectos del cansancio
y del sol, que sin salir del todo, dejaba sentir su calor y su bochorno. Bendición
de las Coronas Antes de proceder a la Coronación era preciso Bendecir la Corona de María y la del Niño. Tanto una como otra fueron Bendecidas por el Delegado del Sumo Pontífice, apadrinando la bendición de la Primera el Primer Mandatario con su Esposa y la Segunda el Sr. Ministro de Gobierno con su Esposa, Doña Teresa de la Puente, representada por la Señora del Prefecto del Callao. La
Coronación de la Señora
Aquí fue también, cuando, cual grito universal del mar y de la tierra, las sirenas de los barcos y de las fábricas lanzaron al aire por sus gargantas de acero jubilo, clamor y aires de victoria, el himno de la naturaleza puesta al servicio de Dios y de María. Este grito, este clamor, este himno, electrizó a la muchedumbre que irrumpió en una Ovación a la Reina del Mundo. Ovación larga, cálida, frenética, llena de cariño y de fe. Cuando
callaron las sirenas y los cohetes dejaron de rubricar en el cielo el gozo
de la tierra, el Vicario Foráneo el R.P. Andrés Bortolotti, Párroco de
la Iglesia Matriz se dirigió a los presentes con estas palabras: Así
como Cristo la Coronó en la Gloria, así hemos querido que el Papa, el
Cristo visible en la tierra, Coronará la Imagen de María y el Santo
Padre ha accedido encargando el acto a su representante, el Eminentísimo
Primado del Perú. A él, recibiéndola de vuestras manos, ofrendo esta Corona. Esta compuesta de vuestros Donativos. No es posible expresar la emoción y la confusión, por tanto honor, que embarga a este indigno Párroco de la Iglesia Matriz, y como tal, Rector del Santuario de La Legua. Toda
la Corona es de Oro y Piedras Preciosas. Un Esmalte Azul y una Rosa de
Francia sobresalen en la Cruz que se eleva sobre un Globo Tachonado de
Estrellas y cubierto con el nombre de María, formado de Brillantes que
indican la protección y las gracias que la Virgen del Carmen esparce
sobre el mundo. Nuestra fe es representada por el Oro al que dan vida los Amatistas representadoras de nuestros sacrificios, y los Rubíes que simbolizan nuestra caridad. Alrededor de la Diadema hacen la corte cinco escudos: el del Perú, el del Callao, el de los Canónigos Regulares de la Inmaculada, los que desde hace 43 años regentan la Iglesia Matriz, el de la Orden Carmelita, en recuerdo del VII Centenario del Escapulario, y el de Orden Franciscana, la que coopera singularmente en el Callao en el ministerio de las almas, de lo que tenemos una prueba en las Misiones Generales que han preparado estas Fiestas y en la parte tan preponderante que ha tenido en la Coronación. Pero es imposible Coronar a María sin Coronar en primer lugar a su Divino Hijo, a quien lleva en los brazos. El Profesor Gino Laffi ha sido el artífice también de esta Corona que esta echa toda de Oro con Zafiros y Aguas Marinas y que tiene en la Diadema esta inscripción: Los Niños del Perú al Niño Jesús. Así
se recordará el entusiasmo con que rivalizaron los niños de la más
humilde escuela, con los de los colegios más ricos. Eminencia,
los fieles del Callao, de Lima y del Perú esperan impacientes ver
Coronada a su Reina del Carmelo. ¡Viva María! ¡Viva Cristo
Rey!” Entonces, el Delegado Papal, dominando su emoción de Padre y de Pastor al ver como sus Hijos amaban a María, pronunció el siguiente discurso: “Oh Dulcísima Reina de los Cielos y de la Tierra, bajo el dombo azul de los cielos, frente al anchuroso mar que simboliza la inmensidad de Dios, en presencia de esta devota multitud de hijos tuyos, investido de la autoridad Suprema del Romano Pontífice, voy a imponerte esta rica Corona de Oro y Piedras Preciosas. Ella simboliza el Amor, la Veneración y el Cariño que te profesan tus hijos del Callao y de La Legua y recuerda aquella otra Corona con que la Trinidad Beatísima Ciño tus Virginales Sienes en premio de tus Excelsas Virtudes, el día aquel en que saliste de este mundo y Triunfante y Gloriosa entraste en la Jerusalén Celestial.
Su
Eminencia Delegado Pontificio, dirigiendo la palabra antes de Venimos a Tí, Virgen Admirable, con nuestras penas y amarguras, con nuestras tristezas y alegrías, con nuestros dolores y esperanzas, porque así es la vida terrenal; así es la existencia que llevamos en este valle de lágrimas, rodeados de peligros, amenazados constantemente por los enemigos de nuestra alma; pero con la confianza puestas en Ti, a quien invocamos con el dulce título de Vida, Dulzura y Esperanza Nuestra. Muchas son, efectivamente, Señora, las sombras que nublan el límpido cielo de nuestra patria. Madres que matan a sus hijos, atentados contra el pudor, suicidios, atropellos, pornografía audaz en folletos, revistas, espectáculos públicos, en la prensa y en la radio; bailes indecorosos, impúdicos y sensuales; el divorcio que crece día a día en pavorosas cifras y que amenaza derrumbar la familia peruana, relajación de costumbres. El
juego que de entretenimiento ha pasado a la categoría de ocupación
favorita; el protestantismo que siembra el error en las conciencias y
destruye la unidad nacional; la masonería, cien veces condenada por los
Papas y que desde las sombras atenta contra los derechos de Dios y de la
Iglesia; el comunismo que engaña a muchedumbres proletarias con paraísos
irrealizables y utópicos. Pero
hay otro mal, Señora, tal vez peor que los que acabo de enunciar: el mal
católico, el creyente falso, el que se dice Discípulo de Cristo, pero
cuya conducta esta en perfecto desacuerdo con el Evangelio; el católico
acomodaticio que se ha fabricado una religión a su modo, donde caben el
hurto, el adulterio, el divorcio y el abandono de las practicas
religiosas. Pero, basta ¡Virgen Purísima!, no quiero seguir este recuento que contrista vuestro Corazón de Madre; no quiero ceñir tus sienes con una Corona de Espinas. No. Mi
propósito, el anhelo de esta Devotísima muchedumbre en la que se
confunden en abrazo fraterno, todas las edades, todas las clases sociales,
el Jefe del Estado con los súbditos, el sabio con el ignorante, el pobre
con el rico, todos los fieles, en fin, en autentica democracia cristiana.
La fe robusta y fuerte de miles de hombres viriles que, sin temor al respecto humano, han desfilado camino del Santuario para ganar la indulgencia jubilar; tantas otras manifestaciones de piedad, en fin, que con gran consuelo tuyo, realizan en privado o en público los verdaderos hijos que a toda costa quieren conservan el tesoro inestimable de la fe y de la religión que nos legaron nuestros antepasados. Por
esos merecimientos que representan el autentico Perú Mariano, al Perú de
Santa Rosa, de Santo Toribio, del Beato Martín y de tantos otros Santos y
Siervos de Dios, bendice al Pueblo Peruano, a sus Gobernantes, a los
Prelados de la Jerarquía Peruana, al Clero, al Devoto Sexo Femenino, a la
Iglesia Universal, al Supremo Pontífice, a la Humanidad toda que clama y
pide la paz en esta hora de tristeza, de incertidumbres y de vacilaciones. Finalmente, haz que así como hoy en este momento Solemne que, con fulgores de luz pasará a la historia del Callao, de la Gran Lima, te imponemos esta Corona de Oro y de Refulgentes Gemas, nos Corones un día con esa misma Corona a la que se refería San Pablo cuando transportado de fe y confianza en Dios, decía: “He peleado el buen combate, he conversado la fe, no me resta sino la Corona de Gloria que el Justo Juez tiene reservada a los que bien le aman y bien le sirven”.
La Virgen del Carmen de La Legua es Coronada Ya no faltaba nada para la Coronación, todos contenían la respiración... ¡Y no era para menos!. Al fin veríamos Coronada a la Virgen de nuestros amores; al fin recibiría Ella nuestro cariño y nuestras limosnas, que eso significaba la Corona de Oro y Piedras Preciosas...¡¡Al Fin!! ¡Y fue Coronada! El mismo Delegado Pontificio colocó la Corona sobre las Sienes de María. ¡Qué aplausos! ¡Qué vítores! ¡Qué emoción se vivió al ver Coronada a Nuestra Madre!. En esos instantes estallaron los corazones dando rienda suelta a la más honda alegría, al más legitimo orgullo. Cuantas lágrimas se vieron correr en aquella mañana de feliz recordación. Ya nadie se acordaba que estaba de pie hacia horas, de que ya era tiempo de regresar a casa. Nadie pensaba en otra cosa que en María, el imán de todas las almas en aquella apoteosis. Todos se creían hermanos -y lo eran- y como tal se felicitaban. Coronada ya la Virgen, el Vicario Foráneo R.P. Andrés Bortolotti leyó la Consagración a la Virgen del Carmen de La Legua Coronada como Reina del Callao y el Señor Alcalde Alberto Sabogal, en nombre de la Ciudad, ofreció un Hermoso Cirio.
El
Señor Presidente de la República, después de apadrinar la Ceremonia, Culminada, la ceremonia se Canto el Himno Oficial de la Coronación y la Bendición de su Eminencia a todos los asistentes. Se despidió el Sr. Presidente de la República, el Eminentísimo Cardenal hizo lo propio momentos después. También la gente comenzó a dispersarse, satisfecha de lo que había visto y oído. La
Reina y Madre, desde su trono, seguía bendiciendo a sus hijos, conservándolos
en su corazón, preparándoles la gloria. Pasadas las 02 p.m. se dio inicio a la Procesión Tradicional de Paseo de todos los años, convertida ahora en, Triunfal Procesión de la Santísima Virgen del Carmen de La Legua, Coronada como Reina del Callao. La Madre quería ir hasta la cabecera de los enfermos que no habían podido presenciar su Coronación, su Tabor, quería ver a cuantos, por un motivo o por otro -no eran muchos por cierto-, no habían podido acudir a la cita.
Su Eminencia con los Señores Obispos que asistieron al Acto de la Coronación Por eso fue siguiendo los pasos de siempre, recibiendo como siempre los devotos homenajes de toda la población. Era la Señora, la Reina que hacia la visita oficial por sus dominios y eran sus súbditos los que devotos y agradecidos, aceptaban gustosísimos ese poder Real de María. El recorrido duró hasta las 10.00 p.m., hora en que la Señora ingresaba a su Templo, recibiendo allí de sus Hijos las “Buenas Noches”, poniendo fin a ese Día de Triunfo, de Esplendor y de Gloria.
La Solemne Procesión de la tarde del día Solemne de la Coronación |
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